sábado, 12 de junio de 2010

IMPORTANTE CAMBIO DE FLECHADO EN LA ZONA

ARTICULO DE OPINION: interesante análisis sobre los consejos comunales

Consejos comunales: Una señal de los tiempos

Llamados a destrancar el desencuentro entre demandas ciudadanas y gestión pública, los consejos comunales gozan de escasa accountability. Éstas han resultado más bien unas réplicas disfuncionales, en miniatura, de la pugna mundial entre el nuevo socialismo y el capitalismo emergente. En cualquier caso, para bien o para mal, parece que allí está localizada la semilla del cambio.

Del Poder Municipal hacia arriba –en ese endemoniado cuello de botella– comienza la pesadilla, la aparatosa trabazón burocrática, la cortina de hierro gubernamental, la apretadísima tenaza centralizadora. En ese punto exacto, alguien está arruinando –de existir tal cosa– la fiesta del despertar de la autonomía ciudadana. Una fiesta que, al parecer, tiene más convidados que comensales, pues, al final de la jornada, por lo que se ve, son legión los entusiasmados con el pastel, pero unos pocos los que terminan por llevarse realmente el trozo a la boca.

Los consejos comunales venezolanos son células primigenias de poder que no son quienes tienen, en el campo de batalla, en los hechos, la peor accountability (1). Decir eso sería mentir. Algo se ha hecho, los ciudadanos se han activado y han dado su lucha como han podido, unos más y otros menos, por unas
vías o por otras, pero, hágase honor a la verdad, el concepto todavía está lejos de cristalizar en una experiencia de empoderamiento palmariamente trascendental y vigoroso. Algo no termina de hacer click. Mala cosa.

Desde la aprobación de la primera Ley de Consejos Comunales, en 2006, a esta fecha, cuando recién se aprobó en diciembre de 2009 la nueva Ley Orgánica de Consejos Comunales –ésta última ya cristalinamente atada a un modelo económico socialista–, puede afirmarse sin titubeos que la figura no ha sido del todo inoperante. Faltaba más. Pero, también es verdad que la sumatoria de logros, el acumulado
de problemas comunitarios resueltos efectivamente, dista mucho de hacer peso suficiente sobre la realidad. Los resultados no impactan en los indicadores de calidad de vida con la necesaria transparencia y visibilidad,
como para concluir que estas estructuras destrabaron el desencuentro entre demandas ciudadanas y gestión pública, en su amago de sustituir la fenecida descentralización de la Cuarta República.

De la urbe al orbe

En el particular micromundo de cada comunidad, de cada consejo comunal, tiene lugar una compleja miniatura de la nada dócil confrontación mundial entre una nueva izquierda que reivindica a Marx, la propiedad comunal, el cooperativismo, las empresas de producción social, entre otros aspectos y un
capitalismo que ensaya a trompicones un cambio de piel, que puja por salir de este trance, renovado y acaso con su inmensa deuda social saldada, o, por la medida baja, en vías suficientemente inteligibles de dar alcance a ese imperativo.

Entretanto, en la sui generis galaxia de los consejos comunales se producen pronunciados contrastes. Así, tanto las urbanizaciones de clase media alta como las barriadas más populares, han instalado su consejo comunal. ¿Qué más se va a hacer? Esto es lo que hay, hasta ahora.

Sin embargo, esta figura de organización popular tropieza orpemente con la estructura federal de la Nación, instituida en la Constitución de 1999, y refrendada en 2007 cuando los electores negaron Reforma Constitucional.

Como para atizar el fuego, para acicatear el espinazo al diablo, la victoria parcial, pero no por ello poco significativa, de la oposición en las pasadas elecciones regionales de 2008, supeditan y condicionan el accionar de los consejos comunales a un Poder Municipal transversalizado por un mapa político que no
le pertenece del todo al Gobierno, como sí es el caso de la Asamblea Nacional, por ejemplo.

“Lo que estamos viendo en la práctica en Venezuela, es un choque de trenes muy fuerte, entre las intenciones de implantar el comunismo en el país y la resistencia que están haciendo las fuerzas democráticas del mismo”, abre fuegos la socióloga Isabel Pereira, directora de la Unidad de Análisis del Centro de
Divulgación del Conocimiento Económico (Cedice Libertad).

La experta –peregrina tenaz en la tarea de conectar a las bases con la empresa privada– remarca que, aunque el Gobierno tiene casi 11 años en el poder, ha tenido más recursos que cualquier otro Gobierno y tiene el control de todos los poderes, no ha podido implantar de manera vertical el comunismo. El tiro de gracia le ha sido esquivo, “porque la sociedad ha ofrecido una resistencia muy grande”.

Depende del cristal

En este sentido, Miguel González Marregot, vicepresidente del Consejo Local de Planificación Pública del Municipio Baruta, pone sobre la mesa, como una reluciente navaja de doble filo, dos maneras de entender el fenómeno de los consejos comunales.

Por un lado, la perspectiva ideológica, o de levantamiento de un embarazoso andamiaje neo comunista y, por otro lado, la perspectiva de gestión, es decir, de canalización de los fondos públicos con fines operativos, funcionales, o de efectiva y eficiente concreción de mejoras palpables en la calidad de vida de
las comunidades.

La gente –explica Pereira– vio, en una primera instancia, emerger a los consejos comunales del interior de la revolución bolivariana –ya figuran en la Constitución de 1999, pero no es sino hasta 2006 cuando se publica en Gaceta Oficial la primera Ley–, como una vía para acceder a recursos fiscales, para resolver los problemas de la comunidad. Cuando se crean, la primera instrucción que reciben es realizar un diagnóstico y luego hacer los planes.

¿Qué sucedió? Que una vez levantado el inventario de problemas, cuyas respectivas soluciones vendrían a configurar la fisonomía del pago de una pregonada deuda social, surgen diferencias procedimentales en el seno de las comunidades.

¿Qué cosas son más importantes que otras, qué se hace primero y qué se deja para después? Eso no sería nada. Hasta ahí todo tendría solución. El verdadero problema, el quid de la indigestión participativa tiene su génesis en la puesta en marcha de dichas soluciones.

Cuando las comunidades tienen esa información en sus manos –explica Pereira echando para atrás la película– comienza la confrontación política. Por primera vez –afirma– las comunidades se estrellan violentamente contra una estructura super concentrada de poder, donde las instancias locales, municipales,
estadales, “son especies de estafetas de correo, porque en realidad todo se decide a nivel presidencial”.

No hay que olvidar que el consejo comunal era la célula madre de la nueva geometría del poder, contemplada en el proyecto de Reforma Constitucional, la cual, sin detener al lector en el detalle, daba al traste con la figura de alcaldías y gobernaciones, convirtiéndolas en cascarones vacíos.

La amarga realidad

Las respuestas que obtienen las comunidades al presentar sus problemas ante las instancias de toma de decisiones –continúa la directora de Cedice– son parciales y discrecionales, no tienen nada de planificadas. Los ciudadanos se encuentran, ahora, con un Estado totalmente concentrado, que no tiene ninguna capacidad de respuesta, “porque ése no es su verdadero problema”.

Pero la analista arriesga más y asevera a rajatabla que el único fin del Gobierno es dejar caer sobre el país una mano pesadamente controladora, centralizante y de corte corporativista. No obstante –contrapone Pereira–, una vez que sale el sol, se abren las puertas de los primeros consejos comunales y suena el traquetear de las engrapadoras que fijan el blanco y negro de los clamores ciudadanos, brotan naturalmente personas que tienen tradición democrática, que creen en la propiedad privada, tanto oficialistas como opositores, y que han vivido en libertad.

En fin, el desenlace de todo es nada menos que los consejos comunales son “un autogol que se metió el Gobierno”, según sentencia Pereira. Acaso porque echaron a andar un despertar ciudadano que se traduce en desengaño y frustración. El presidente Chávez –afirma– asiste a una creciente pérdida de poder y prestigio, lo cual, no obstante, no llega a constituirse en el germen de una rebelión popular, sino, más bien, es una toma de conciencia perfectamente verificable y mensurable, con su reflejo natural en las urnas.

Pero, ¿cuál es la narrativa que se teje aguas abajo? Nirka Tiamo, miembro del consejo comunal del barrio Santa Rosa, en el Municipio Libertador, quien no oculta sus simpatías por el Gobierno, hace énfasis en que los logros de su comunidad se deben al trabajo tenaz y en equipo de los miembros de la comunidad, de la militante participación de los vecinos, demandados por esta hora de la patria –a su parecer– a tomar las riendas de su propio destino, en este proceso de oxigenación de la vida ciudadana, cuya mecha fue encendida por el presidente Chávez, según afirma. Valga precisar, llegados a este punto, que el movimiento popular venezolano no nace en 1999, sino décadas atrás, en los años 70 del siglo pasado y acaso, más atrás.

Tiamo deja en claro que no cree que el asunto dependa de un solo hombre, sino de la voluntad enérgica de los ciudadanos para echarse a andar, para soltar las amarras de la dependencia paternalista, para organizarse, discutir ideas, para aprender, para llenarse los pantalones de barro y no dormir bajo los efectos de una opiácea dejadez. “Algo muy importante es que los ciudadanos se preparen cada vez más”, sugiere como piedra de toque y punto de honor.

No todo es tan malo

Si bien no hace falta ser un genio para entender que la rendición de cuentas de los consejos comunales deja grietas insalvables (si se parte de la premisa de que fueron engendrados para liquidar la ineficacia en la real solución de los problemas puntuales de las comunidades) hay que hacer, no obstante, una pausa y dar –como se dice– al César lo que es del César.

No todo es tan malo. González Marregot, por ejemplo, ha identificado tres puntos a favor: los consejos comunales activaron la participación vecinal; los líderes comunitarios tienen a esta hora un mayor conocimiento, saben lo que es un árbol de problemas, cómo se formula un proyecto; y, por último, estas instancias comunitarias han terminado por ser factores de presión sobre las autoridades públicas.

Pero como se dijo al inicio, algo no hace click. González Marregot toma distancia y advierte que, aún cuando no es sano generalizar, el clientelismo y la corrupción no dejan de jugar su peligrosa carta. “Hay una pérdida importante de recursos, que es inauditable, una caja negra”, denuncia.

No es, ni con mucho, la única costura que se le ve a este apretado traje. Manfredo González, miembro del Consejo Comunal de la urbanización de clase media alta El Marqués Norte, aporta que de cuatro años que tiene funcionando éste, tres fueron tiempo perdido, exactamente los mismos en que José Vicente Rangel Ávalos (dirigente del oficialismo) gobernó en el municipio Sucre.

Es apenas luego de la elección de Carlos Ocariz (dirigente de la Alianza Democrática), que algunos proyectos se han puesto en marcha. González relata cómo durante la gestión de Rangel Ávalos, los consejos comunales alineados francamente con el Gobierno eran objeto de todo género de facilidades y privilegios,
en tanto que los opositores debían bregar con un alud de trabas y engorrosos escollos burocráticos. Y aún la presencia de Carlos Ocariz en la Alcaldía de Sucre, se excusa, no constituye del todo una garantía.

De su lado, la vocera del Consejo Local de Planificación Pública del Municipio Libertador, Armida de Álvarez, da cuenta de cómo en esa instancia media, la pelea es dura y hay que sudar para que las demandas de los consejos comunales representados por ella, entre otros, traspasen la férrea barrera del Poder Municipal. El alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez, asegura, presta oídos sordos a todo el que no diga “firme” ante al proceso, y de ahí hacia arriba, el trato es directo, puro y duro, con la Presidencia.

Para bien o para mal

Pero lo cierto es que, ya que se esté a favor o en contra, el sentido común parece aconsejar que todo el movimiento de arenas que han traído consigo los consejos comunales sea advertido como una señal de los tiempos. Para bien o para mal, si hay algo de lo que se puede estar seguro es que el constante movimiento de las fuerzas políticas venezolanas, encuentra su vivo espejo en estas peculiares estructuras de base.

Las próximas elecciones parlamentarias del 26 de septiembre, no solamente podrían llevar hasta el Parlamento nuevos representantes opositores de las diversas regiones, con lo cual los consejos comunales ganarían voz y voto en los debates legislativos, sino que, dependiendo de en qué medida se ganen escaños de lado y lado, la Asamblea Nacional podría comenzar a protagonizar una historia de auténticos pesos y contrapesos, con respecto a los otros poderes. Esto haría, cuando menos, un poco más escarpada la cuesta que lleva a la concreción de una política centralizadora.

Con un panorama de este tenor, otro gallo podría cantar para lo tocante al ejercicio de una ciudadanía activa y protagónica. Los analistas coinciden –por último– en que la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) también debe hacer lo suyo, en la búsqueda de activar una marcha firme y decidida hacia una vigorización definitiva e irreversible de la democracia. El miedo, como el mercado, es libre.

Alejandro Ramírez Morón
aleramirezve@gmail.com
Tomado de Veneconomia mensual Vol. 27 No. 7, Abril de 2010

(1) Accountability, es un término politológico, que no se refiere sólo a la acepción gerencial pura de rendición de cuentas, sino que también abarca la verificabilidad de la calidad de una gestión que estaría supuesta a desprenderse de tal rendición de cuentas. El concepto de accountability -un término aún inacabado- no se agota en el mero hecho de rendir cuentas, malas o buenas, sino que trasciende hasta el punto en que, de esa rendición de cuentas, se concluye lo mensurable de la calidad de la gestión. No sólo presentar cuentas, sino presentar resultados.
De este modo, todas las instancias implicadas en el sistema de consejos comunales deben rendir cuentas o presentar resultados, desde los líderes comunales hasta el poder central, si bien en gestión pública se entiende más por un proceso de pesos y contrapesos entre representantes y representados. Este análisis parte de que todo el sistema de consejos comunales presenta escasa rendición de cuentas o presentación de resultados. No es sólo que no se dispone de la información, lo que lo hace una caja negra, inauditable, sino que no hay resultados, hechos, facts, que demuestren que el trabajo -resolver los problemas de las comunidades- se está haciendo, en efecto.

ARTICULO DE OPINION: hoy mas que nunca hay que participar activamente

Sociedad de soplones y alcahuetes


Como en todo régimen totalitario, el de Hugo Chávez está tejiendo un entramado "legal" para convertir a la sociedad venezolana en un conglomerado de soplones de sus vecinos y alcahuetes de la élite mandante. En su Cuba ideal, han sido las organizaciones de "chivatos" las que han permitido el control y sometimiento de la población. En Venezuela, serían los consejos comunales una de esas redes de soplones y vigilantes de la sociedad.

A los Consejos Comunales se les ha dado la potestad de defender "el interés colectivo y el desarrollo integral" de la comunidad y se les ha hecho "corresponsables" con el Estado en la promoción del "ejercicio y defensa de la soberanía e integridad territorial de la nación".

Hoy no existe ley revolucionaria donde no se establezca la injerencia de los consejos comunales, bien sea en una actividad comercial, colectiva o individual.

Está, por ejemplo, la Ley de Defensa del Acceso de las Personas a los Bienes y Servicios (Ley de Depabis), donde los consejos comunales han sido, en conjunto con el Indepabis y la Guardia Nacional, artífices de tomas, fiscalizaciones, confiscaciones, expropiaciones de cuanto comercio o empresa distribuidora se les ha dado la gana.

Ahora, se pretende aprobar una Ley Orgánica de la Contraloría Social, que terminará siendo otro instrumento de vigilancia, monitoreo y sapeo cotidiano en toda gestión pública y en cualquier actividad social, privada y comunitaria que, al "entender" discrecional de "cualquiera", afecte "el interés colectivo".

La argucia para querer promulgar una Ley de Contraloría Social es el combate a la corrupción, al uso ineficiente y al despilfarro de los recursos públicos. Pero, éste es un argumento falaz.

Por un lado, la Constitución establece claramente que estas actividades de Control de la gestión pública son de atribución de la Asamblea Nacional, de la Contraloría General de la República y del Ministerio Público. Por otro, la ONG Transparencia Venezuela, con metodología y experiencia comprobada a nivel internacional, viene trabajando con alcaldías y otros entes públicos regionales para ayudarlos a identificar prácticas no transparentes en la gestión y aplicar los correctivos necesarios.

En cuanto a la Contraloría Social de la actividad privada, comunitaria y ciudadana, cabe recordar que también están estatuidas constitucionalmente las instancias legales para dirimir violaciones de las leyes y las normas del buen convivir.

Esta Ley llama a suspicacia, especialmente luego de dos hechos: Uno, el que los trabajadores que denunciaron los contenedores con productos descompuestos en Carabobo, reciben como respuesta del ente público donde laboran una carta de despido. Otro, que el Ministerio de Comercio insista en expropiar al distribuidor de alimentos El Vedugo, a pesar de los argumentos a favor de esa empresa que hicieran varios consejos comunales de Los Teques.

Para algunos analistas, el objetivo real de esta Ley sería la dominación y la rendición total de los ciudadanos, ya que ésta es la forma más expedita para la instauración del castrocomunismo en Venezuela.


Tomado de Veneconomia Opina, 11 de Junio de 2010

martes, 1 de junio de 2010

INFORME DE GESTION 2008 - 2010

Estimados vecinos:

En fecha 29 de Mayo de 2010, tuvo lugar una asamblea de ciudadanos, que nos permitió palpar en vivo la crisis de nuestra comunidad en cuanto a su preocupación por el futuro de nuestra urbanización.

En todo caso, se hizo la presentación del informe de gestión de los primeros dos años del consejo comunal, cuyo link se anexa: INFORME DE GESTION 2008 - 2010, así como los pasos a seguir para adaptarnos a la nueva ley de consejos comunales, lo cual es de obligatorio cumplimiento.

La época de vacaciones no ayuda porque el equipo real disminuye considerablemente, sin embargo se harán los mejores esfuerzos, de los voceros que puedan ocuparse, para asegurar estar al día.

Una vez mas también se exhortó a los edificios morosos para que hagan su aporte de 150 bsf/familia, para así poder llevar a cabo las actividades pendientes, toda vez que este consejo no recibe recursos por ninguna otra vía y hasta las fotocopias han tenido que ser financiadas por los voceros que trabajan por la comunidad.

A la espera de su participación, saludos a todos.

domingo, 30 de mayo de 2010

ARTICULO DE OPINION: interesante análisis

Venezuela: la salida será por el centro

Fernando Mires (Chile)

1. Elecciones parlamentarias son en una democracia un procedimiento formal en donde perdiendo o ganando es posible reordenar la correlación política de fuerzas mediante sustituciones y nuevas alianzas. No ocurre lo mismo en un marco determinado por una dictadura militar. En esas circunstancias las elecciones son llevadas a cabo en un ambiente lleno de miedos, incertidumbres y dudas, y por si fuera poco, en un espacio extremadamente polarizado donde no caben alternativas intermedias.

Las elecciones bajo una dictadura no cumplen, luego, la función de reordenar el juego político. Mediante elecciones, muchas veces fraudulentas, los dictadores buscan obtener una nueva carta que les permita aumentar su poder, esta vez por la vía de la legitimación pública. No son las elecciones, como en las democracias, un fin en sí. Son un simple medio de un proyecto que culminará con la toma del poder total. De ahí que para los dictadores las elecciones son sólo batallas que hay que ganar para, en un momento dado, destruir políticamente a sus enemigos. Esa es la razón por la cual los dictadores, en las raras ocasiones en que pierden elecciones, no reconocen los resultados.

Mas, por otro lado, la pérdida de legitimación política – y este es el riesgo que corren los dictadores al convocar a elecciones- ha sido en muchas ocasiones el comienzo del fin de cada dictadura, a menos de que la dictadura acepte la chance de la democratización del poder, decidiéndose a compartir algunas partes de ese poder, con la oposición. Está quizás de más decir que en la historia no hay ni un solo ejemplo parecido. En efecto, es mucho más fácil que una democracia se convierta en una dictadura a que una dictadura se convierta en una democracia. Ese es también el dilema que probablemente enfrentará el gobierno militar de Chávez a partir del 26 de septiembre del 2010. Naturalmente no faltará quien opine que ese dilema es falso porque el gobierno de Chávez no es en sentido estricto una dictadura, o por lo menos, no es una dictadura clásica.

En sentido estricto, una dictadura se caracteriza por la militarización de poder político y por la concentración bajo un solo mando de los tres poderes del Estado. En el caso de Venezuela basta observar la hegemonía de los cuadros militares en los aparatos de poder, o la extrema militarización que han alcanzado las organizaciones sociales de las cuales las llamadas “guerrillas comunicacionales” son sólo el último ejemplo. La celebración de efemérides civiles con paradas militares al estilo norcoreano es otro ejemplo. La verdad, ni siquiera las dictaduras del Cono Sur llevaron a cabo una militarización tan detallada de las instituciones públicas y de las organizaciones sociales como la que está teniendo lugar en la Venezuela de Chávez.

En cuanto a la concentración autocrática del poder, y más allá de que la AN haya sido regalada a Chávez por una errática oposición, el hecho objetivo es que la AN es una dependencia más del ejecutivo. Del poder judicial ni el más empecinado chavista podría negar que se encuentra al servicio de las decisiones y ocurrencias del presidente. Los presos políticos son, por último, el trágico testimonio de la existencia de una dictadura pues como dijo una vez el ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias: “en una democracia no hay presos políticos”. De tal modo, no veo ningún impedimento ni político ni politológico para referirse al gobierno de Venezuela como a una dictadura militar, una más de las tantas que han asolado nuestro desdichado continente.

Después de todo, la gran mayoría de las dictaduras han sido plebiscitarias. Se argumentará quizás que el gobierno de Chávez no es dictadura porque no es plebiscitario sino electoral. Falsa afirmación: Chávez ha convertido cada elección en un plebiscito en torno a su persona. En Venezuela se vota a favor o en contra de Chávez; así de simple.

2. No obstante, todas las dictaduras alcanzan, tarde o temprano, su periodo de descenso. En ese sentido algunos comentaristas venezolanos, basados en recientes encuestas, opinan que la dictadura de Chávez ha comenzado a vivir su fase terminal. Sin embargo, basar opiniones en encuestas es en política algo arriesgado, sobre todo si estamos hablando de un líder como Chávez quien ha demostrado, y más de una vez, capacidad para revertir encuestas, aún al precio de amenazar con prisión a los contrincantes. Recursos monetarios le sobran, y los medios de propaganda y coerción que maneja, son múltiples.

Hay que reconocer, no obstante, que para Septiembre del 2010 los candidatos que enviará Chávez a la palestra pública no las tendrán todas consigo. No sólo porque el país atraviesa una profunda crisis económica y energética, irrecuperable a corto plazo. No sólo porque sus candidatos ostentan un bajísimo nivel político. No sólo porque después de 11 años el mandatario no ha podido, quizás no ha querido, resolver los problemas más inmediatos de la sociedad venezolana, entre ellos el sistema hospitalario y la seguridad pública. Además, y por si fuera poco, Chávez ha unido el destino de su nación al de otra nación en bancarrota económica, política y moral: la Cuba de los Castro, hasta el punto que el siniestro hermano menor opina que Venezuela y Cuba son cada vez más “la misma cosa”.

Intentar ganar elecciones ofreciendo como alternativa el modelo cubano es un desatino increíble. Pero además de eso, el más grave problema para Chávez es que no sólo necesita ganar. Para que su proyecto de totalización del poder pueda ser posible, necesita, sobre todo, ganar de un modo abrumador, o como dice en su tierno lenguaje, necesita “pulverizar a la oposición”. Y ese objetivo, por lo menos hasta el día en que se escriben estas líneas, parece inalcanzable. Veamos:

De las elecciones de Septiembre del 2010 pueden surgir cuatro alternativas. La primera es que efectivamente Chávez obtenga una mayoría abrumadora. Si esto ocurre el destino de la nación tendrá sus días contados. El de la oposición, y sobre todo el de la disidencia, también. Ya hablaremos de eso.

La segunda alternativa es que la oposición pierda, pero obteniendo un porcentaje respetable de votos, digamos, no menos o alrededor del 45%. Si eso ocurre, se mantendrá hasta el 2012 -cuando tengan lugar las elecciones presidenciales- el neurótico empate que caracteriza la vida política de Venezuela. En esa dirección, aún perdiendo, la oposición podría obtener algunas ganancias relativas: aumentar por ejemplo su presencia discutitiva en la AN, o abrirse a futuras deserciones que ocurrirán en el campo chavista, y no por último, como siempre sucede en elecciones parlamentarias, generar nuevos liderazgos con vistas al 2012.

La tercera alternativa sería muy buena para la oposición, y es que, dado el sistema truculento que inventaron los secuaces de Chávez para hacer imposible un triunfo de la oposición (Ley Orgánica de Procesos Electorales), podría ser posible que la oposición obtenga la mayoría nacional, pero no la mayoría parlamentaria. En esas condiciones la pérdida de legitimidad no sólo de la AN sino, además, del propio gobierno, sería enorme.

La cuarta alternativa significaría para la oposición un verdadero triunfo histórico: obtener la mayoría nacional y la mayoría parlamentaria a la vez. Se trata, por cierto, de un objetivo dificilísimo, mas no absolutamente imposible. Si eso ocurriera, la dictadura, aunque no el gobierno de Chávez, habría llegado a su fin.

En síntesis, de las cuatro alternativas Chávez tiene solo una positiva. La oposición en cambio cuenta con una sola alternativa muy mala, con una buena, con una ni tan buena ni tan mala y con una extraordinaria. Vale la pena jugarse.

O para decirlo en pocas palabras: las probabilidades de que la dictadura de Chávez no quede bien parada después de Septiembre del 2006 y que a partir de esa fecha comience su fase de descenso, no son pocas. Lo cierto es que el resultado de las elecciones del 2010 será muy decisivo para el año 2012,

Pensar en el 2012 en medio del 2010 es, por supuesto, un error político. Pero no es un error politológico, y vale la pena aclarar la diferencia. Desde el punto de vista político lo único que debe hacer la oposición es concentrar todos sus esfuerzos para obtener un triunfo electoral. No tiene por lo demás otra alternativa. Desde el punto de vista politológico, que no es el de los políticos sino el de los analistas de la política, hay que barajar todas las posibilidades, analizar todos los escenarios y extraer todas las consecuencias posibles. El analista que escribe sólo de acuerdo al escenario político inmediato es un mal analista, de la misma manera que el político que piensa en plazos demasiado largos es un mal político. La política es presente y nada más que presente.

Ahora, desde el punto de vista politológico, y no desde el político, es posible suponer que a partir de las elecciones de septiembre del 2010 existirán condiciones para que comience, definitivamente, el periodo de descenso de la dictadura de Chávez.

Mi otra afirmación – que es a la vez la tesis central del presente artículo- es que la redemocratización de la política venezolana deberá ocurrir a través del centro político y no a través del polo que representa el anti-chavismo más radical. ¿En qué baso esa afirmación? Primero, en muchas experiencias históricas. Segundo, en que en Venezuela no sólo existe una oposición políticamente constituida sino, además, una disidencia representada en estos momentos por los sectores que siguen al chavismo constitucional del gobernador del Estado Lara, Henry Falcón. Esto significa que en Venezuela se dan todas las condiciones para que –más temprano que tarde- tenga lugar una relación dialéctica entre oposición y disidencia, relación que es, a la vez, el preámbulo del descenso de toda dictadura. La tercera razón es que el ambiente internacional, sobre todo el latinoamericano, es y será cada vez más desfavorable para un proyecto radical y polarizante como el que representa Hugo Chávez. Vamos entonces por partes.

3. Antes que nada hay que constatar que el tema relativo al descenso de las dictaduras no ha sido una ocupación predilecta de la teoría política. A diferencia de la abundante literatura que existe acerca del tema de la articulación y ascenso de los movimientos nacionalistas y populistas que han llevado al establecimiento de dictaduras, el del descenso y de la desarticulación política de las dictaduras ha sido tratado con cierto descuido. Razón inexplicable pues acerca de ese tema existe un nutrido aporte historiográfico.

Uno de los pocos autores que ha tratado el tema del descenso dictatorial desde una lúcida perspectiva teórica ha sido Nicos Poulantzas en su ya antiguo pero siempre actual libro “La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia y España”. En ese texto Poulantzas hace algunas constataciones básicas que son perfectamente traspasables a otras experiencias históricas. Una de ellas es que la condición del descenso dictatorial surge cuando en el “bloque en el poder” aparecen notorias fracciones o rupturas (disidencias). Otra, es que esas fracciones se articulen con la oposición democrática al régimen, teniendo lugar así una alternativa “centrista”. Por último, para Poulantzas –marxista al fin- el proceso de democratización política es inseparable de la modernización económica que tiene lugar a nivel internacional. Todas esas condiciones se dieron efectivamente en el descenso de las dictaduras sur-europeas.

Si no hubiese aparecido la disidencia interfranquista representada por el habilidoso falangista Adolfo Suárez; si no hubiese aparecido la disidencia militar al interior del ejército colonial de Oliveira Salazar; si la oficialidad joven de Grecia no hubiese desobedecido a los “coroneles”, la democratización de esas naciones no habría sido posible sin pasar por los traumas de cruentas guerras civiles. En todos esos casos la salida ocurrió no por los extremos sino por el centro.

Del mismo modo, la segunda ola democratizadora (Hungtinton) que fue la ocurrida en la URSS y en sus satélites de Europa Central y del Este, también fue posible gracias a las disidencias que tuvieron lugar al interior de las Nomenklaturas (clases dominantes de Estado).

La caída de las dictaduras comunistas comenzó a vislumbrarse desde el momento en que al interior del Partido Comunista Soviético, Gorbachov, un hombre del régimen, pasó a ser el portador de una disidencia intra-dictatorial. No fue, por lo tanto, la heroica resistencia anticomunista sino el pragmatismo gorbachiano el hecho que permitió el enlace entre la oposición interna y la disidencia externa. De igual manera, en Polonia, la alianza entre Iglesia y Solidarnosc no habría servido de nada si es que algunos miembros de la Nomenklatura, entre ellos el propio general Jaruzelski, no hubiesen tomado contacto con la masiva resistencia democrática de la nación. Pero quizás el caso más dramático ocurrió en la RDA, cuando el dirigente comunista Egon Krenz mandó abrir el nefasto muro de Berlín oponiéndose así a las decisiones genocidas de Honecker y su esposa Margot. Tanto en ese, como en otros casos (habría que agregar Hungría y Checoeslovaquia) la salida fue por el centro, o lo que es parecido: de ese enlace, muchas veces fortuito, entre la disidencia interna y la oposición externa.

De la misma manera, la tercera ola democratizadora del siglo veinte, que fue la ocurrida en América Latina de los años ochenta del pasado siglo, sobre todo durante el declive de las dictaduras del Cono Sur, tuvo como portadores a estadistas representantes del centro político. El demócrata-cristiano chileno Patricio Alwyn fue incluso uno de los impulsores del golpe de Estado de Pinochet, pero a la vez tuvo que ponerse, mucho después, a la cabeza de la democratización del país. En Argentina, la democratización no podía ser llevada a cabo por los peronistas, eternos contrincantes del Ejército. Fue Raul Alfonsín, del Partido Radical, quien tuvo que asumir la salida institucional centrista de la nación. Lo mismo ocurrió en el Uruguay de José María Sanguinetti. En todos estos casos, la salida ocurrió por el centro y no desde la oposición radical.

Que la salida de una dictadura ocurra por el centro y no por los extremos, es el motivo por el cual algunos dictadores, dándose cuenta del peligro que representan las posiciones centristas, han atacado con más furia a los representantes del centro político que a la propia oposición. Recordemos que en Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro fue enviado a asesinar por la dictadura somocista. Lo mismo ocurrió en Filipinas con el político centrista Benigno Aquino, enviado asesinar por la dictadura de Ferdinand Marcos. En El Salvador, el asesinado Monseñor Óscar Arnulfo Romero representaba las posiciones del centro democrático y no las ultra-radicales del Frente Farabundo Martí, y así sucesivamente.

4. También Hugo Chávez, a quien nadie puede negar su casi innata astucia política, ha advertido el peligro que porta consigo la disidencia interna “centrista” que representa, entre otros, el gobernador Henry Falcón.

La brutalidad con que Chávez ataca a su antiguo aliado ya no tiene límites. Su propósito nada oculto es sacarlo de su camino lo más pronto posible. Quizás, desde los rincones más oscuros de su inconsciente político, advierte Chávez que Falcón, atrincherado en el PPT, puede llegar a convertirse en el catalizador de una creciente disidencia interna la que si logra enlazar con la oposición externa llevará al fin de la era chavista. O quizás presiente Chávez que Falcón puede ser el tumor visible de un cáncer cuyas metastasis se ramifican al interior del organismo del régimen, tumor que hay que extirpar lo más pronto posible. En cualquier caso, con Falcón o sin Falcón, no podrá evitar Chávez que su descenso sea signado por el acuerdo que logre alcanzar la oposición externa con la disidencia interna (o inter-chavista). La salida será, nuevamente, por el centro.

Falcón y quienes les siguen puede que sepan que el momento para comenzar el juego dialéctico entre disidencia y oposición todavía no ha comenzado. Ese juego deberá darse a partir de los resultados de Septiembre del 2010. Lo que sí seguramente saben, es que la salida será por el centro. Lo que por otra parte nadie sabe, es si la disidencia cautivará el corazón de la oposición o será la oposición la que atraiga hacia sí a la disidencia. Eso dependerá de factores que en estos momentos son imposibles de pronosticar. Pero si Falcón posee al menos la mitad del instinto político de Chávez, podrá darse cuenta que lo peor que puede suceder tanto a él como al PPT, es que los candidatos de Chávez obtengan una mayoría abrumadora en las elecciones de Septiembre. Si eso ocurre, Chávez aprovechará el momento para “depurar” sus fuerzas, y enviar a PPT a la oposición a formar otro partido socialdemócrata, de los que ya abundan en Venezuela. A Falcón le imputarán cualquier delito (conspiración, corrupción, magnicidio) y el Presidente, como ya es su costumbre, dictará sentencia desde la televisión, la que ejecutarán en un santiamén sus solícitos jueces (así funciona “la democracia” en Venezuela).

Pero por otra parte es imposible dejar de advertir que en la Venezuela de nuestro tiempo, la primera gran derrota electoral de Chávez, ocurrida en el referendum del 2007, estuvo precedida por dos quebraduras disidentes de alta significación. Una política y otra militar. La política fue la deserción de Podemos y de su líder Ismael García. La militar fue la del general Raúl Isaías Baduel quien todavía paga su osadía en prisión. Ahora, las elecciones parlamentarias del 2010 ya están precedidas por dos, si no deserciones, por lo menos dos disidencias de tanta o mayor magnitud que las ocurridas el año 2007: la de Henry Falcón y la del general Antonio Rivero. Si bien este último carece del carisma que poseía Baduel al interior del Ejército, las razones de su disidencia son muchísimo más graves: la entrega de la soberanía nacional a militares cubanos. De tal manera que si uno creyera en cábalas, podría pensarse que las disidencias nombradas anuncian una nueva derrota de Chávez. Pero el análisis político no tiene nada que ver con cábalas. Lo único que es posible advertir es que todo indica que la salida será, alguna vez, por el centro. Las condiciones ya están dadas.

Por si fuera poco existe al interior de la oposición un fuerte potencial centrista. La hegemonía política de la oposición no está formada, en efecto, por partidos de derecha sino más bien por partidos que en cualquiera democracia normal serían calificados como partidos de centro izquierda y centro-centro. La derecha a la que se refiere Chávez con tanto ahínco, tiene una existencia política altamente precaria. Tampoco existe en Venezuela una oligarquía económica. Hay por cierto, como en todo país, personas adineradas, de las cuales muchas son chavistas, pero están lejos de constituir una oligarquía o una burguesía en el sentido social del término. En fin, en Venezuela no hay fuertes corporaciones agrarias como las del “interior” de Argentina o las asociaciones cafetaleras de Colombia, ni tampoco un empresariado pujante como en Brasil o Chile. En un Estado rentista, como es el venezolano, la única oligarquía posible es la “clase de Estado” que controla el petróleo, clase a la que los venezolanos llaman “chavo-burguesía”. Y Hugo Chávez es el máximo oponente de esa nueva “clase en el poder” (oligarquía de Estado), de las que nos habla el mencionado texto de Poulantzas.

5. Para Poulantzas, la última razón que lleva al descenso de las dictaduras reside en el contexto internacional. De acuerdo a su visión teórica marxista, el desarrollo de la economía capitalista a escala mundial había penetrado al interior de países como España, Portugal y Grecia, produciéndose así una inadecuación entre la superestructura política equivalente a estructuras agro-oligárquicas, y la modernización económica.

Dejando de lado ciertas interpretaciones mecanicistas en las que incurrió Poulantzas, hay que rescatar la idea de que en el contexto europeo los gobiernos dictatoriales que regían esos países constituían una rémora difícil de soportar. Ampliando esa interpretación hacia las revoluciones anticomunistas de 1979-1980, es posible convenir que lo que buscó Gorbachov, en una primera instancia, no fue el fin del comunismo, sino la europeización económica y tecnológica de la URSS, hecho que pasaba por la modernización de las arcaicas estructuras correspondientes al periodo de la industrialización pesada, pero no al de la industria digital, plano en que la URSS se encontraba muy atrasada. Y nuevamente ampliando la interpretación de Poulantzas, esta vez hacia el caso latinoamericano, podemos advertir que el descenso de las dictaduras del Cono Sur comenzó a tener lugar cuando éstas dejaron de cumplir un papel funcional en la lucha en contra de un enemigo que ya no existía más: el comunismo. En fin, en los tres casos mencionados hay una cierta relación de correspondencia entre los imperativos que demanda el contexto internacional y la existencia de estructuras políticas arcaicas.

Ahora bien, si se analiza el discurso político supuestamente “antimperialista” de los Castro, Chávez, y sus aliados del ALBA, lo primero que salta a la vista es el enorme grado de regresividad histórica que comporta. En efecto, tanto los hermanos Castro como Chávez representan gobiernos de la Guerra Fría, pero sin Guerra Fría. Si ese discurso antagonista de Guerra Fría pareció funcionar durante la era de Bush, con Obama funciona de modo muy defectuoso. Debido a esa razón Chávez ha decidido trasladar sus imaginarios antagonismos ya no tanto en contra de “el imperio”, sino en contra de Colombia.

En los momentos en que escribo estas líneas, Chávez se encuentra interviniendo directamente en las elecciones presidenciales del vecino país, atacando al candidato del uribismo, Juan Manuel Santos, quien habla el mismo lenguaje agresivo y militar de Chávez. Resulta así evidente que lo que más podría convenir a Chávez, a fin de impedir una salida democrática “centrista” en su país, es erigirse como el salvador de la patria amenazada por la “intervención” extranjera. En ese sentido, Santos se adapta perfectamente al rol del agresor que requiere Chávez, del mismo modo como Chávez se adapta al rol del agresor que requiere Santos. Y al llegar a este punto, permítaseme jugar con una hipótesis: ¿Contra quién va a dirigir Chávez su política agresiva si en lugar de Santos llega a la presidencia de Colombia el extraño candidato Aurelijus Rutenis Antanás Mockus quién, además, habla un lenguaje políticamente centrista, o por lo menos despolarizante, lenguaje que Chávez no entiende? Analizando el tema desde esas perspectiva, lo peor que podría ocurrir a Chávez es que las elecciones colombianas no sean ganadas por Santos. Estaríamos así frente a una muy interesante ironía histórica. Si se da tal situación, la salida por el centro quedaría mucho más abierta que antes. Pero esa es sólo una hipótesis y, en ningún caso, una tesis.

PS.

Puede que deba una explicación, y es la siguiente: el centro en política no tiene nada que ver con un centro geométrico. Tampoco tiene que ver con una práctica de concesiones mutuas, ni mucho menos con una política de la ambigüedad. El centro en política es un punto de encuentro entre dos fuerzas –en este caso, la disidencia y la oposición- que descubren que para seguir existiendo deben unirse frente a un enemigo común. Luego, ese centro no está dado. Debe ser buscado.